Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —Lo único que se sabe es que la cañonera embarrancó en la arena, en la parte oriental de la gran isla de Mindanao, cerca de un rÃo, a lo que parece. Una nave procedente de Joló, que llegó a Manila hace tres dÃas, dio la noticia de haber hallado a unas veinte millas de la costa, casi frente a la punta Tapián, a 7°,05' de latitud Norte y a 130°,02' de longitud Oeste, un pedazo de casco en que se leÃan estas dos palabras: Concha-Manila. ¿No se llamaba asà la cañonera en que se embarcó, o, mejor, en que fue embarcado Romero?
—Sà —repuso Than-Kiu con voz ahogada.
—Añadiré, que el gobernador de Manila ha hecho telegrafiar a Dapitao para procurarse mayores pormenores, y ha sabido que, después de embarrancar, fue asaltada la cañonera por los piratas.
—¡Y los asesinaron a todos!…
—No se sabe, Than-Kiu, pero presumo que no se habrán atrevido; pues, aunque los indÃgenas aquéllos son crueles y tienen fama de sanguinarios, tienten cierto respeto y les infunden cierto miedo los hombres blancos.
—¡Ah!… ¡Si fuese asÃ!…
—¿Qué harÃas? —preguntó Hong palideciendo.
—CorrerÃa a salvarlos.
—¿A quiénes? ¿A Romero y a la doncella blanca?
—Sà —repuso resueltamente la joven.
—Eso, más que generosidad, es locura.