Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —Than-Kiu no olvida que debe la vida también a Romero —dijo ella con noble arrogancia—. Romero era amigo de mi hermano, y no dejaré sin socorro a un hombre a quien mi hermano amaba entrañablemente.
—SÃ; un hombre que ha desertado de las filas insurrectas por la doncella blanca.
—No, Hong… Un hombre que ha combatido hasta el último trance por la libertad de la isla, y que por salvar mi vida, fue a ponerse en las manos de sus enemigos, sacrificando su existencia. No; tú no sabes cuán generoso es Romero Ruiz y cuánto hubiera amado a la hija del paÃs del Sol si no hubiera dado su palabra a la Perla de Manila. Me salvo y yo trataré de salvarlo, aunque deba sucumbir en la empresa.
—¿Y salvarás también a la doncella blanca, tu rival?
—Pues bien, sÃ… ¿Acaso Romero, por sustraerme del poder del coronel español que me capturó en Malabón, no sacrificaba, además de la vida, su amor por la Perla de Manila?… Iba a buscar la muerte amando y sabiendo que era amado de la hija del comandante de Alcázar.
—Pero ¿qué pretendes?
—Ir a buscarlo.
—¿A Mindanao?
—SÃ, Hong.
—¡Tú!… ¡Una chiquilla!