Flor de las Perlas

Flor de las Perlas

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Cogió de manos del malayo la cuerda embreada, la introdujo en la abertura y dio un grito de sorpresa y de júbilo.

—¿Qué hay, Hong?

Por toda respuesta el chino metió el brazo, y sacó un ave gruesa, del tamaño de un pavo pequeño, que tenía el cuello atravesado por una flecha delgadísima, pero absolutamente igual a la que había llevado el aviso misterioso. Era uno de esos volátiles de abundante plumaje negro, con pintas blancas y rojizas, que les hace parecer mucho más grandes y gruesos de lo que en realidad son.

—¡Ahora comprendo por qué nos ha hecho venir! —dijo Tiguma—. Sabiendo que nos sitian, ha querido proporcionarnos víveres.

—Entonces, debe de ser un compatriota tuyo —repuso Pram-Li.

—¡Oh, ahora no me cabe duda!

—Veamos si hay algo más —dijo Hong—. Quizá nuestro proveedor no haya olvidado que somos cinco.

Alargó nuevamente el brazo, y sacó dos palomas algo más gruesas que las nuestras, con plumas de color azul brillante en el pecho, y en el lomo oscuras y con reflejos dorados: había, además, dos estorninos, plátanos y unas ramas resinosas que podían servir de antorchas.


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