Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —¿Nos siguen los otros?
—SÃ; los oigo arrastrarse.
—Este silencio me inquieta.
—También a mÃ.
—¿Habrá ahogado el humo a los chinos?
—Eso se me estaba ocurriendo.
—Quizá se hayan ido a morir a algún antro que no hayamos visto.
—Busquemos, pues, algún tizón para ver bien.
—¿Y si viven? Ya sabes que esos chinos tienen armas de fuego.
—¡Y que las manejan muy bien!
—¿Qué hacemos?
—¡Adelante! ¡Hemos jurado vengar al bagani, y necesitamos la cabeza de los chinos!
—¡Adelante!
Tiguma habÃa escuchado sin perder palabra. SabÃa bastante, e iba a retirarse, cuando sintió que alguien tropezaba con él: instintivamente aferró el cuchillo y lo clavó en un cuerpo próximo. Un aullido horrible de dolor, que terminó en estertor de agonÃa, rompió el silencio. El igorrote se habÃa puesto en pie de un salto; pero en el mismo instante sintió que le agarraban cuatro manos vigorosas y que le levantaban en el aire llevándole a través de la galerÃa. Lanzó un grito:
—¡Socorro! ¡Me han cogido!