Flor de las Perlas
Flor de las Perlas El malayo vio que habÃa llegado Hong a un banco de arena y depositado allà a su preciosa carga felizmente, y gritó a su compañero:
—¡Ahora tú! ¡Al agua! ¡Ten el fusil y las municiones con la mano izquierda, y cuida de que no se mojen uno ni otras!
—¡Soy buen nadador; descuida!
Al verlos sumergirse, los del bagani salieron otra vez del bosque con ánimo de ver si eran más afortunados y podÃan apresarlos o matarlos a flechazos, pero su retirada la protegÃan Hong y Than-Kiu desde el banco en que habÃan puesto pie. Dos nuevas vÃctimas, una de ellas con un turbante que indicaba pertenecer a cierta categorÃa superior, los hicieron retroceder de nuevo. Era demasiado para aquellos bribones, no acostumbrados a una resistencia tan desesperada y mortÃfera.
Reputando ya imposible la persecución, una vez que los adversarios habÃan logrado atravesar el Bacat, después de aullar, amenazar y casi agotar su provisión de flechas, desaparecieron por entre los árboles del bosque.
—¡Gracias, Hong! ¡Nuevamente me has salvado la vida! —dijo la joven con efusión.
—¡Bah! ¡Cuenta que con la tuya habÃa que salvar la nuestra!
—Y todavÃa queda otra que hay que arrebatar a la muerte.