Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —SÃ, la de Tiguma; pero esa empresa es mucho más difÃcil, Than-Kiu.
—No podemos abandonar a ese valiente en manos de tan feroces bandidos.
—Y no le abandonaremos, aunque tengamos que arrostrar la muerte: tanto más, cuanto que le necesitamos para llevar a feliz término nuestra empresa.
—¿Y cómo haremos, Hong? ¿Sabe alguno dónde está la aldea de los cazadores de cabezas?
—¡Pero si a estas flechas le habrán matado ya!
—¿A Tiguma?
—¡Claro!
—Si no le decapitaron al cogerle, supongo que conservará la vida. Ya sabes que los cazadores de cabezas respetan alguna vez la vida de los que caen en sus manos.
—De cualquier modo, ha de costamos mucho libertarle.
—Acaso menos de lo que te figuras, Flor de las Perlas.
En aquel instante el chino se levantó precipitadamente.
—¿Qué hay, Hong?
—Veo un hombre que atraviesa el rÃo.
—¿Algún bandido? —exclamó el malayo cargando su carabina.