Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —No; por ahora se trata de un amigo, o mucho me engaño.
—¿Tiguma, acaso?
—No; es nuestro proveedor. ¡Estoy casi seguro de no equivocarme!
Salieron de detrás de los árboles que los resguardaban, y se acercaron a la orilla. Precisamente en aquel momento, un joven salvaje casi desnudo, pues sólo llevaba una especie de pequeña sotana de piel de pantera, llegaba al banco de arena.
En la mano llevaba un arco con algunas flechas y al cinto, un cuchillo grande de ancha, afilada y reluciente hoja.
—¡Es Vindhit! ¡Una fortuna que no esperaba! —exclamó Hong.
El igorrote se habÃa parado a la orilla del banco, como dudando si avanzar o retroceder. Hong y Pram-Li salieron a su encuentro haciéndole señas afectuosas.
—¡No temas! ¡Somos amigos de Tiguma!
Pero el salvaje pareció no enterarse. Seguramente no comprendÃa el chino.
—¿No me has comprendido?
Vindhit permanecÃa inmóvil. Miró curiosamente a los dos hombres, y luego, tocando con el dedo el pecho de Pram-Li, pronunció algunas palabras.
—SÃ, soy malayo —dijo éste sonriendo.