Flor de las Perlas

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—Acaso no se trate de uno de esos animales.

—¿Qué supones de la babirusa?

—No desespero aún de encontrarla.

Con el dedo en el gatillo del fusil y con toda clase de precauciones, despacio, escuchando y explorando a cada instante, avanzaron los tres, presos de una gran agitación nerviosa que la ansiedad aumentaba de minuto en minuto. A los cincuenta pasos halláronse ante una masa ensangrentada sin vida. Era un animal grande como un ciervo, semejante a un cerdo y con piernas de corzo.

—¡Por fin! —exclamó Hong—. ¡Ya tenemos la babirusa!

—¡Y en qué estado! ¡Tiene un flanco despedazado de un zarpazo!

—El tigre que la mató, viéndose perseguido, ha renunciado a su presa.

—¡Se la robamos!

—Sí, Pram-Li; pero apresurémonos a salir de este matorral. Indudablemente el cazador no está lejos: cortadle las patas posteriores, y vámonos.

Mientras el chino vigilaba, el malayo y el igorrote cortaban las patas a la babirusa.

—Al tigre le queda aún mucha carne. No podrá quejarse: tiene para adquirir una indigestión; pero nosotros somos personas de conciencia, y no queremos defraudar a los cazadores.

—¿Habéis acabado?


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