Flor de las Perlas
Flor de las Perlas El chino se tendió en el suelo, miró por entre las cañas, que no tenían hojas hasta cierta altura, y vio los ojos acerados que enviaban rayos hacia él.
—¡Allí está, a cincuenta pasos!
Arrodillóse y apuntó con escrupulosa atención. Pram-Li, de pie tras él, se disponía a hacer fuego en cuanto el felino se mostrase, y el igorrote tenía también preparado el arco. El tigre, sospechando algo, maullaba sordamente, y de vez en cuando veíase entre las cañas agitarse su cola amarillenta con anillos negros. Hong hizo fuego. La detonación fue seguida de un aullido espantoso: el tigre dio un tremendo salto, tronchando las cañas que tocó con las garras, y cayó entre los vegetales.
—¡Está muerto! —exclamó Pram-Li.
—¡Vamos a asegurarnos! —dijo Hong, muy ufano por aquel tiro magistral.
Sin tomarse el trabajo de volver a cargar el arma, se lanzó hacia el sitio donde había caído la fiera, y la vio muerta y bañada en sangre.