Flor de las Perlas
Flor de las Perlas Iba a asegurarse de ello inclinándose sobre la presa, cuando el tigre se puso en pie y se lanzó sobre el imprudente, que cayó derribado de espaldas por el encontronazo. Aquella caída le salvó la vida; pues si hubiera podido resistir, habría probado sus terribles uñas. Pero la fiera no le persiguió, para hacer frente al malayo y al igorrote, que se le echaban encima. Para su desgracia, titubeó un instante en lanzarse sobre ellos, y aquella vacilación le perdió. Ante la inminencia del peligro, Pram-Li había recobrado su sangre fría: instintivamente apuntó al pecho del tigre, hizo fuego y el animal cayó fulminado; la bala le había atravesado el corazón.
—¡Está muerto! —gritó el malayo alborozado, mientras el salvaje degollaba a la fiera y Hong se levantaba empuñando el fusil por el cañón.
—¡Por Fo y Confucio! ¡Ha sido un golpe tan maestro como el mío!
—¡He disparado a tiempo: ya creía que me desgarraba las carnes!
Examinaron al animal, que era un tigre de los más grandes, aunque no igualaba a los de la India, los cuales son los más soberbios ejemplares del mundo.
—¡Siento mucho tener que abandonar tan hermosa piel!