Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —SÃ. Del Linguasán al mar no hay mucha distancia.
—¿Hay otra vÃa de comunicación?
—SÃ; por medio del rÃo Grande, que desemboca cerca de Costabado. El viaje es mucho más seguro, porque es a través del sultanato de Selangán.
—¡Cierto! —exclamó Hong—. Podemos ir por el rÃo, y quizás en Costabado hallemos al viejo y su junco.
—¿A Tseng-Kai? ¿Crees que aguarde aún? —preguntó Than-Kiu.
—Me prometió que no irÃa de Mindanao sin estar convencido de nuestra muerte.
—¿Cuándo partiremos?
—¿Tienes prisa, Than-Kiu?
—SÃ; para probarte que no amo ya a Romero Ruiz.
—¡En guardia, Flor de las Perlas! ¡A veces, el corazón prepara sorpresas increÃbles!
—Estoy segura de mà misma; lo verás mañana.
—Partiremos esta noche, al salir la luna. Ve a descansar, muchacha; hemos estado caminando toda la noche, y debes recuperar las fuerzas para arrostrar la prueba suprema.
—Te obedezco; pero soy fuerte, y tú lo verás en breve.