Flor de las Perlas

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Tiguma y los igorrotes prepararon lechos con hojas secas, previendo que los chinos y el malayo, extenuados por la larga caminata nocturna, querrían descansar antes de ponerse en camino para el Linguasán. Durmieron bien, en efecto, y al salir la luna emprendieron la marcha. El marino español y dos igorrotes los guiaban.

La gran selva que se extendía de la orilla del Bacat a la del Linguasán no era tan espesa como la que acababan de atravesar Hong y sus amigos: estaba formada por árboles aislados y pequeños bosquecillos, y de vez en cuando hallaban alguna aldea aérea. A las dos de la madrugada, y después de un descanso de un par de horas, entraron en terreno pantanoso que anunciaba la vecindad del gran lago. A veces cortaban el camino arroyos habitados por serpientes y aun por cocodrilos, teniendo necesidad de vadearlos por falta de puentes. En estos casos siempre Hong pasaba a cuestas a su amada.

Comenzaba a despuntar el alba cuando se hallaron casi de repente ante una gran extensión de agua; era el lago Linguasán, uno de los más vastos de Mindanao, al cual alimentan gran cantidad de ríos, engrosando él a su vez el caudal del río Grande. Aunque tan temprano, hallábanse ya dispuestas a zarpar varias canoas con velas de junco. Than-Kiu se detuvo y exploró los alrededores, sorprendida de no ver la aldea.

—¿Dónde está ese pueblo? —dijo al marinero.


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