Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —La aldea de Bunga está allá, detrás de ese promontorio boscoso.
La joven abrió los labios, como si fuese a preguntar algo más; pero al ver a Hong que la observaba, enmudeció.
—¡GuÃa! —dijo el chino al español.
Pusiéronse en camino, por entre un sendero de cañas de una parte y árboles gigantescos de la gran selva por otra; Hong se colocó al lado de la joven, inquieto, pensativo y receloso en espera de los acontecimientos.
La china lo comprendió y le dijo:
—¡Tú no estás tranquilo, Hong!
—¡Lo confieso! —murmuró el chino lanzando un suspiro.
—¿Dudas de tu Flor de las Perlas?
—¡No, pero tengo miedo!
—Haces mal, amigo mÃo. ¡Mira: estoy tranquila! Apoya tu oÃdo en mi corazón, y lo oirás palpitar en calma. Nunca como en este momento estuve quizá tan serena y tan resuelta.
—¿Resuelta a qué?
—A demostrarte que no amo a nadie más que a ti.
—¿Luego lo has dudado, o no lo creÃas antes?
—Dudé, sÃ; pero ahora estoy segura.
—¡Than-Kiu, amiga, adorada mÃa! ¡Si supieras cuánto te amo! ¡PreferirÃa morir a perderte!
—Seré tu esposa, Hong; pero con una condición.