Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —Quiso probar al mundo que los chinos, que no se habÃan opuesto apenas a la invasión japonesa, sabÃan luchar y morir como bravos. Tu hermano cayó como un héroe, y con su vida ha lavado la mancha que ensombrecÃa a sus compatriotas.
—¡SÃ, pero ahora duerme el sueño eterno! —dijo con tristeza.
—Y no por causa de la insurrección.
—¡Por culpa de mi desdichado amor; lo sé! ¡Cómo yo, no pudo sobrellevar la terrible desilusión!
—Y el culpable es Romero.
—¡No, Hong!
—¡Cómo! ¿No fue él quien destruyó su sueño y la esperanza de tu hermano?
—¡Fueron el destino y la Perla de Manila! —suspiró Than-Kiu con desaliento.
—Si Romero hubiese querido, habrÃa podido hacerte suya y olvidar a Teresita de Alcázar, que era la hija de uno de los opresores, de los enemigos.
—Y me hubiera hecho su esposa si antes no hubiese jurado amor y fidelidad a la Perla de Manila. Tuve la desgracia de conocerle demasiado tarde, o, mejor, de hacerle conocer demasiado tarde mi pasión. ¡En fin, todo acabó! Pero en mi desdicha me ha otorgado el destino un consuelo.
—¿Cuál?