Flor de las Perlas
Flor de las Perlas Diez guerreros mindaneses, mandados por el jefe de la escolta, se dirigían a la cabaña ocupada por Bunga y los chinos. S. M. enviaba a rogarles que pasaran con el jefe igorrote a su cabaña inmediatamente para hacerle compañía durante algunas horas.
—¡Ese bergante nos toma por bufones suyos, a lo que parece! —exclamó Hong—. ¡Si tendrá el capricho de que bailemos ante él!
De pronto se volvió a Than-Kiu y le dijo imperativamente:
—Tú te quedarás aquí, Flor de las Perlas, custodiada por el marinero. No sabemos lo que puede suceder. Diremos al monarca que no puedes tenerte en pie a causa del cansancio. ¡Sheu-Kin, Pram-Li, no olvidéis los fusiles!
Salieron tras la escolta y dirigiéndose a la cabaña ocupada por el sultán, instalado en la plaza fuerte como verdadero amo y señor, que había ordenado alzar la barrera de espinas y derribar parte de la empalizada, so pretexto de que le impedían ver el lago.
Cuando Bunga, los dos chinos y el malayo entraron, el monarca estaba tendido en unas esterillas de juncos, acompañado por su ministro y algunos jefes. Comían y bebían alegremente a costa de los pobres igorrotes, de cuyas provisiones se habían apoderado. Al ver a los hombres armados los miró con recelo.