Flor de las Perlas

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—Vuestros fusiles no eran necesarios aquí —les dijo.

—No nos separamos nunca de nuestras armas —repuso Hong—. Es costumbre en nuestro país.

—Sentaos y comed. Os he hecho el honor de invitaros a mi mesa, y… Pero me parece que falta alguno. Sí, el joven o la joven que os acompaña.

—Ese muchacho está muy fatigado.

—¡Ah! ¿Es un muchacho? —exclamó el Sultán con acento burlón—. Le había tomado por una doncella. ¡Bueno, comed y bebed! Las provisiones abundan en la aldea de Bunga.

—Tengo aún más —dijo éste.

—¿Y por qué no me las has enviado? Soy tu huésped, y tengo mucha gente que mantener.

—Las reservé para ofrecerte a ti y a tus guerreros un gran banquete.

—¿Cuándo?

—Esta noche.

—¡Eres un buen amigo, Bunga! Ya sé que estás abastecido, y ése es el motivo de que haya venido con tan numeroso séquito. De otro modo, habría venido sólo con mí escolta.

Al hablar así miraba con los párpados entornados a Bunga y sonreía malignamente; pero el jefe igorrote permaneció impasible y se limitó a responder:


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