Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —Has hecho bien, Sultán, en venir con tanta gente: es un honor más que no esperaba.
—¡Bueno, bueno; comed y bebed! Por el momento eres aquà mi huésped.
Hizo ofrecer por sus siervos a los cuatro recién llegados los manjares que tenÃa, y al terminar la refacción el monarca dijo a Bunga:
—Ahora hablemos de los hombres de piel blanca.
El igorrote arrugó el ceño y miró a Hong, quien con gesto expresivo le indicó: «¡No tengas cuidado!».
—¿Quieres decirme dónde se hallan? —repitió el déspota.
—Te he dicho ya que han huido hace tres dÃas.
El monarca sonrió, meneó la cabeza y dijo:
—No; uno de mis espÃas acaba de decirme que ayer mañana el hombre que tiene consigo la mujer blanca fue visto a la orilla del lago.
—¿Dónde? —preguntó Bunga con sorda cólera.
—Cerca de tu cabaña.
—Ese espÃa te ha engañado.
—Entonces haré cortar la cabeza del hombre que pretende burlarse de mÃ.
—Y harás bien.
—Eso creo; pero…
—¿Qué?