Flor de las Perlas

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A medianoche casi todos los guerreros tenían una borrachera tan descomunal y violenta que imponía, y hasta el mismo Hong estaba algo alarmado. Querellábanse por nada, armaban ruidosas disputas y amenazaban matarse unos a otros y acabar con los pobres igorrotes a machetazos y sablazos. Alguno resultó con la cabeza rota, y muchos habían caído como muertos.

Los igorrotes, retirados a la margen de la selva, miraban y dejaban hacer, sabiendo por experiencia que nada iban a ganar tratando de apaciguar a aquellos energúmenos. En tanto los guerreros caían a grupos y en confusión indescriptible: sólo tres o cuatro docenas resistían aún los efectos del narcótico, aullando, cantando o insultándose. Hasta el sultán, después que todos sus jefes hubieron caído uno a uno, quedó rendido por el sueño. El opio había hecho su efecto.

—¡Creo que ha llegado el momento! —dijo Hong dirigiéndose a Bunga.

—¿Qué vamos a hacer?

—Coger a todos estos borrachos y trasladarlos a sus canoas.

—Y de sus guerreros, ¿qué haremos?

Desarmar el mayor número de ellos que se pueda, sin que lo adviertan los que no han bebido y los que todavía resisten al opio, y mañana, cuando los ebrios sean un poco razonables, hablaremos.


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