Flor de las Perlas

Flor de las Perlas

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—¿Quieres matar al sultán? Sus súbditos le vengarían degollando a los míos.

—¡No temas! Ninguno se atreverá a molestar a los de tu tribu. Por lo demás, nunca tuve la intención de enviar al otro mundo a ese canalla de sultán. ¡Pram-Li, Sheu-Kin, ayudadme!

El sultán, repleto como un odre, había caído sobre su ministro, y roncaba ya: no era de temer que opusiera resistencia. Hong le sacó del cinto la cimitarra y el kampilang; luego le cogió entre sus brazos y se dirigió hacia el río. El joven chino y el malayo llevaron al primer ministro. Ambos fueron depositados en la canoa real, bajo el pabellón, uno al lado de otro. Los guerreros que se hallaban aún en pie, poco más de cincuenta, no advirtieron el secuestro.

—¿Qué hacemos? —dijo el viejo igorrote—. Los que resisten son los más feroces, y casi todos están armados con fusiles: si se dan cuenta de que nos hemos llevado a sus señores, degollarán a mis súbditos y destruirán la aldea.

—¡Es verdad! —dijo Hong contrariado—. ¡Hay que evitarlo! ¿No tienes más vino?

—Ya se agotó todo.

—Las mujeres, los niños y los ancianos, ¿están bien ocultos?


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