Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —Se han refugiado en la selva virgen, y se habrán acomodado en la antigua aldea. Será difÃcil que puedan dar con ellos.
—Entonces somos dueños de la situación.
—¿Qué pretendes? —le preguntó Than-Kiu.
—Tenemos veinte canoas del sultán. ¡Qué se embarquen en ellas todos tus súbditos, Bunga —ordenó Hong sin responder a la joven—, y en ellas aguardaremos a que el sultán despierte!
—¿Y vamos a dejar el pueblo a la absoluta merced de los enemigos? —preguntó el jefe.
—No se lo comerán.
—Pero pueden arrasarlo, destruirlo.
—No lo harán. Tenemos en nuestro poder a su señor, y no se atreverán a irritarle. ¡No temas! Ordena que todos tus hombres se embarquen en silencio. ¡Yo respondo de todo!
Un igorrote fue enviado ante sus compañeros con órdenes del jefe, y poco después los habitantes de la aldea, que se habÃan refugiado a la entrada de la selva, entre los árboles, para evitar que aquéllos, ebrios furiosos por la excitación de la bebida mezclada con opio, hiciesen armas contra ellos y los matasen, abandonaban silenciosamente el bosque, y evitando el resplandor de las hogueras se reunÃan en la playa uno a uno.
Todos iban bien armados con bolos, arcos y flechas.