Flor de las Perlas
Flor de las Perlas Y dicho esto ordenó a los remeros que se alejaran para reunirse con la flotilla, que estaba ya lo bastante lejos para hacer perder a los guerreros mindaneses la esperanza de alcanzarla a nado.
—No intentarán nada hasta que volvamos —dijo el chino a Bunga, que no parecÃa muy tranquilo—. Nuestra amenaza los calmará un poco.
—¿Y crees que después no se vengarán cruelmente?
—No, porque les cortaremos las uñas y los dientes. Déjame hacer: yo pondré en tus manos rehenes que basten para paralizar su acción. Quedarás contento y satisfecho; te lo prometo.
La flotilla, a un kilómetro de la playa, viró de bordo cruzando a la vista de la aldea. Los guerreros del sultán seguÃan atentamente las evoluciones de su escuadra, no sospechando el objeto de aquella jira nocturna. El número engrosaba con el despertar de algunos compañeros; pero todos se mantenÃan tranquilos, al menos por el momento. La amenaza de Hong habÃa surtido efecto, calmando un tanto a aquellos hombres furibundos.