Flor de las Perlas
Flor de las Perlas Al alba, la flotilla se acercó de nuevo a la aldea, deteniéndose a cuatrocientos metros de la primera cabaña. Los guerreros eran ya más de ciento, y agrupados en la playa gesticulaban animadamente discurriendo lo que debían hacer sin hallar solución para el conflicto. Privados de las barcas, no atinaban a acordar una acción eficaz contra los igorrotes.
Entretanto Hong, por medio de vigorosas sacudidas, había conseguido despertar al sultán y a su ministro. Al verse bajo el pabellón, el monarca, aun no despejado por completo, volvió el rostro hacia su secretario que estiraba los brazos desperezándose, y le gritó furioso:
—¿Quién ha dado orden de embarcarse? ¡No tengo aún en mi poder los esclavos blancos, ni he visto arder la aldea por sus cuatro costados!
—La orden la he dado yo —repuso Bunga, que se hallaba al lado de Hong.