Flor de las Perlas

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El sultán miró al jefe y al chino con recelo, se incorporó, alzó una punta de las cortinas del pabellón y advirtió entonces que las canoas, en vez de estar tripuladas por sus guerreros, lo estaban por igorrotes. Una lividez cadavérica cubrió sus mejillas: aun a través del velo espeso de la embriaguez que cubría su mente, comprendió que era víctima de una traición. Llevó al cinto las manos, y se halló sin armas; pero Hong, que no le perdía de vista, le cogió por la túnica con presteza y le obligó a sentarse de nuevo.

—¡Cuida mucho de no moverte, porque te mato! —le dijo fríamente.

Al oírle y al ver que preparaba el fusil, el monarca tuvo miedo; su ministro no osaba moverse y el terror le hacía castañetear los dientes.

—Escúchame.

—Habla y explícame lo que ha sucedido.

—Una cosa sencillísima. Hemos dejado en tierra a tus hombres, y nos hemos embarcado en tus chalupas.

—¿Y con qué objeto habéis cometido esa felonía? —dijo el sultán rechinando los dientes.

—Para impedirte que persiguieras a los hombres blancos, y para enseñarte a respetar la hospitalidad que Bunga te había dispensado generosamente. Tú no habías venido aquí como amigo, sino como señor, y más aún, como enemigo, pues tenías el propósito de destruirlo todo. ¡Niégalo si te atreves!


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