Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —Aún no. Tú estás libre de volver a tu pueblo; pero dejarás en rehenes a Bunga a tu primer ministro y diez de tus jefes principales.
—¿Y para qué he de dejar esos rehenes?
—Como garantÃa de que no volverás a vengarte de Bunga cuando nosotros nos hayamos ido. Al primer amago de tu vuelta, los igorrotes decapitarán a tu primer ministro y a tus diez guerreros. ¿Me has comprendido?
—Sà —contestó el sultán con voz sorda.
—¿Aceptas estas condiciones?
El monarca no contestó: miraba feroz y alternativamente a Hong, a Bunga y a Pram-Li, que acababan de entrar en el pabellón.
—Prepara dos cuerdas, Pram-Li, y ata a ellas dos piedras pesadas. Servirán para estos dos hombres —dijo él chino.
Oyendo aquella amenaza, el sultán levantó el brazo y exclamó precipitadamente.
—¡No, no! ¡Alto! ¡Cedo!
—Pues ordena a tus guerreros que depositen sus armas y se rindan a los igorrotes.
El sultán le miró con desconfianza.
—Y cuando no tengan armas, ¿los mataréis?
—Los hombres de la gran nación amarilla —repuso con solemnidad Hong— son siempre veraces. Su palabra es sagrada.
—¿Y seré libre de volver a Butuán?