Flor de las Perlas

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Ante aquella amenaza desapareció como por encanto el furor belicoso de los guerreros del sultán. Acostumbrados a obedecer, y algo asustados, depusieron las armas y se retiraron lentamente a las cabañas. Inmediatamente, cuatro canoas atracaron, y los igorrotes que las tripulaban se apoderaron de los bolos, fusiles, kampilangs y hachas de guerra.

—He cumplido mi palabra —dijo el sultán con voz trémula.

—Y a mi vez, yo cumpliré la mía.

Atracaron. Hong hizo ocupar todas las terrazas por los igorrotes, y con una escolta de veinte hombres depositó las armas en la plaza fuerte. Luego eligió los diez guerreros que con el ministro habían de quedar en rehenes, y dijo al monarca salvaje:

—Ahora podéis marchar tú y tus guerreros. Pero acuérdate de que, si intentas algo contra Bunga, hará éste matar a tus amigos, y además me avisará, y los hombres de la gran nación amarilla irán a tu capital y arrasarán tu pueblo.

—¡Cumpliré mi promesa! —murmuró el sultán humildemente.

Se tapó el rostro con el turbante, como si tuviera vergüenza de mostrarlo a sus súbditos, y se dirigió a toda prisa a la playa, no estando aún muy seguro de haber escapado a tan poca costa del peligro. Sus gentes habían embarcado ya.


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