Flor de las Perlas
Flor de las Perlas Llamó con un silbido a sus hombres e hizo botar al agua una pequeña canoa que llevaba haciéndola abastecer de víveres y fusiles, y empuñó la barra del timón substituyendo a Pram-Li. El junco hallábase a seiscientos o setecientos metros de la punta extrema de la isla, y las dos chalupas a poco más de mil.
El bravo chino, que espiaba atentamente el cielo, aguardó a que la Luna apareciese bajo las nubes, y luego impulsó velozmente el junco hacia la isla, virando hacia la punta, como si quisiera ponerse al abrigo de las balas de sus perseguidores. Los guardias, viéndole desaparecer tras los arrecifes, redoblaron sus disparos y gritos; pero Hong y Tseng-Kai no se preocupaban de ello por el momento. Después de asegurarse de que no había soldado alguno en la playa, soltaron la grúa que sostenía a flor de agua la canoa, y Than-Kiu, estrechando la mano de sus salvadores con cierta emoción, embarcóse, seguida de Sheu-Kin y el malayo.
—Acuérdate de que, si logramos huir, señalaremos nuestra vuelta, con dos cohetes —dijo el patrón—. Será mañana a media noche.
—Gracias, amigos —murmuró la joven muy conmovida—. ¡Qué Budda os salve!
Los dos amigos de Than-Kiu habían empuñado los remos y se acercaban vigorosamente a la orilla, ganando la costa y ocultándose entre dos arrecifes, mientras el junco continuaba su fuga.