Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —SÃ; he encargado a Hong de tratar con el patrón… ¿Dónde vamos ahora?… Hay que buscar un refugio, porque el alba no tardará y las chalupas pueden acercarse aquÃ.
—Ven, ama; conozco la isla a palmos.
—Yo también —añadió Sheu-Kin—. Conozco una caverna marina donde podremos aguardar tranquilos el regreso del junco.
—¿Y la canoa?
—Está bien escondida entre estos arrecifes y no es fácil que nadie la vea.
Aseguraron el barquichuelo a la punta de un arrecife para que el reflujo no se lo llevara; cogieron los vÃveres y las armas y se apresuraron a ganar unos macizos de bambúes silvestres que crecÃan junto a la escarpa del bastión; ya llegaban, cuando el malayo, que tenÃa oÃdo agudÃsimo, murmuró:
—¡Alto!
—¿Qué hay? —preguntó parándose y en voz baja la china.
—He oÃdo hablar en el bastión.
—¿Nos habrá visto el centinela?
—No lo sé, pero me parece que nos siguen.
—¡No moverse!