Flor de las Perlas

Flor de las Perlas

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—¡Por Fo y Confucio! —exclamó el chino, no repuesto totalmente de su estupor—. Ha sido una verdadera fortuna. Si no tropiezas con ese coronel, estarías en las cárceles de Manila, o acaso, embarcada ya para las Carolinas o Marianas. Ese noble y valiente jefe te ha dado informes que yo no conocía. ¡Por Fo y Confucio!… No será fácil arrancarlos de manos de las tribus del Surrán… Pero… ya veremos. Vamos primero a Talaján y luego los buscaremos en el interior, aunque debamos internarnos hasta más allá de Butuán… ¡Quién sabe si faltará alguno de los prisioneros!… No todos pueden soportar la dura esclavitud de esos bárbaros.

—¿Qué quieres decir? —preguntó la joven estremeciéndose.

—Quiero decir que no todas poseen la fibra de Flor de las Perlas, curtida en la campaña, y…

—¿Te refieres a Teresita?

—Sí, a ella… y a algún otro —murmuró Hong con acento sombrío—. Luego, volviéndose a Tseng-Kai, que se hallaba en el timón, gritó:

—¡Eh!… ¡Viejo mío! Siempre a lo largo de la costa, por ahora… No hay que fiarse de los cruceros, que pueden haber recibido la consigna de echamos a pique de un par de cañonazos… Tomaremos rumbo al Sur a la altura de las Calaminas.


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