Flor de las Perlas
Flor de las Perlas El 30 dejaron atrás el vasto archipiélago sin otros incidentes, emprendiendo, libres ya de bancos y escollos que temer, la marcha rápida al Sudeste, hacia las islas Qagayanes.
—Dentro de cinco o seis dÃas —dijo Hong a Than-Kiu—, si no cambia el tiempo, avistaremos la costa occidental de Mindanao.
—Lo ansÃo, Hong; pienso que a cada dÃa perdido disminuyen las probabilidades de salvarlos, pues los salvajes los habrán internado más lejos de la costa.
—Es posible; los piratas quizá se hayan apresurado a vender sus prisioneros a cualquier sultán del interior, para borrar las huellas de su rapiña y para quitar a Romero y sus compañeros toda esperanza de fugarse en algún barco.
—¿Tendremos necesidad de organizar alguna expedición armada?
—No, Than-Kiu; no serÃa prudente; la destruirÃan en cuanto nos alejásemos de la costa.
—Entonces, ¿qué crees que debemos hacer?
—Lo veremos más tarde.
—Yo estoy decidida a todo.
—Lo sé, y yo también. Mindanao es grande, pero una parte de la isla está en poder de los españoles, y los salvajes no conducirán, de seguro, a sus prisioneros por aquel lado. Será la región del lago la que tendremos que registrar.