Jose el peruano

Jose el peruano

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—¡Ha pasado tanto tiempo! — dijo Fernández, maravillado—. En efecto: cuando volví a la vida y me encontré prisionero del vampiro vegetal, era de noche... Después de haber gritado más veces, sentí que las fuerzas me faltaban. La planta me chupaba la sangre vorazmente. ¡Para que pudiese operar mejor el vampiro, mis verdugos me habían desnudado el pecho! Las ramas viscosas de la planta me sofocaban el cuello... Sentía que mi espíritu vital se debilitaba... Envié un último pensamiento a Marinca y a ti... y no supe más... cuando volví esta segunda vez a la vida, comprendí que Dios no me había abandonado a la voracidad de aquella planta sedienta de mi sangre: ¡estabas tú a mi lado y me dabas un liquido que me reanimaba algo! 

—Durante tu inconsciencia gemías, afortunadamente—dijo José— y fueron tus gemidos los que me avisaron y guiaron. 

—Gracias, José—dijo Fernández abrazando a su salvador—. 

—¿Y Lindsay? 

—Se quedó en el dray porque no quisimos dejar solo a Mulga—observó el coloso

—El bribón traidor debe tener participación en tu desaparición: todo lo hace sospechar. Pero si lo puedo comprobar, le rompo el hocico de un puñetazo y lo abandono a la voracidad de los dingos. 


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