Jose el peruano
Jose el peruano El camino del bosque era fatigoso para Fernández: se sentaron sobre la tupida hierba para tomar algún descanso.Â
En tanto, la noche se terminaba: las primeras señales de la aurora difundÃan una débil claridad en el bosque.Â
—Dentro de una media hora llegaremos al dray -dijo José—. Y tú podrás comer algo para adquirir nuevas fuerzas. ¡Cómo se alegrará de verte el cazador!Â
—¿Ya no existen sospechas de él?—preguntó el joven.
 —Ninguna, Fernández—repuso el coloso—, y he sido un gran estúpido teniéndolas, aunque muy varias ciertamente. Ha sido por él, por el buen cazador, que hemos podido encontrar las trazas de tus agresores. Si llegamos a seguir los consejos de Mulga, hubiéramos ido tras de una pista falsa. He aquà por lo que sospecho cada vez más del goloso australiano y no tengo ya duda alguna sobre la generosa lealtad del cazador. Si estuviese de acuerdo con Kornalden para hacer perder la apuesta a Kilder, tendrÃa interés en perdernos y no en salvarnos.Â
—Eso es. verdad—observó Fernández.Â