Jose el peruano
Jose el peruano —Mi afirmación de ayer tarde no ha cambiado —dijo Kornalden—, sostengo que es imposible, con los medios comunes, atravesar este diabólico paÃs en seis meses.
—iY yo sostengo delante de todos estos señores que es posible !—exclamó Kilder .Â
—Ahora comprendo—dijo Kornalden—. Al fin se ha explicado usted.
—¡ Menos mal! ¡Ahora comprende usted cuál esta apuesta que le propongo !—observó Kilder.Â
—Apuesta que acepto—gritó Kornalden, levantandose—. Todos mis runs contra los de usted a que no es capaz de atravesar Australia desde el lago Torrens a la desembocadura del Alligator.Â
—TodavÃa no me ha comprendido usted—murmuró Kilder sacudiendo la cabeza, pero con acento tranquilo.Â
—Pregunte a estos señores si alguno lo ha entendido mejor que yo—gritó Kornalden.Â
—Creo haber entendido—exclamó una voz.Â
Y el hombre que poco antes habÃa dicho a su vecino que esperase, que pronto se sabrÃa quién era José, se acercó a la mesa.Â
Era más bien bajo de estatura que alto, con el rostro surcado de arrugas y antipático, bizco y de labios pequeños. Nadie lo conocÃa, excepto su interlocutor, que le habÃa acompañado al Squatters' Club: nadie habÃa reparado en él. Todos lo miraban con curiosidad.