Jose el peruano

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El coloso, en vez de responder, volvió la vista hacia la ladera de la pequeña altura donde crecían dos o tres eucaliptos nuevos, plantados en aquel árido despeñadero por el azar, frágiles, pero bastante altos.

—¿Qué miras, José? 

—Aquellos delgados eucaliptos nos servirán—respondió—. Arrancaremos dos y. por medio del salto con pértiga conseguiremos pasar de una piedra a otra sin peligro de hundirnos en el lodo movedizo... 

—La idea es buena, pero no será tan fácil arrancarlos de raíz—observó Fernández. 

—Lo que no es fácil es siempre posible y lo que es posible el hombre de buena voluntad debe hacerlo siempre—dijo José. 

Y el coloso, cogiéndose de las peñas con una agilidad que contrastaba con su gigantesca y robusta constitución, llegó en pocos minutos a la breve llanura en que crecían les eucaliptos, cuyos troncos tenían el grueso de una pantorrilla. 

José sacó su cuchillo y con él empezó a hacer en la base una incisión profunda, después, echando el peso suyo sobre ellos, los dobló, con gran ruido, uno después del otro. 


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