Jose el peruano

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Media hora después los dos exploradores estaban provistos de una larga y sólida garrocha cada uno. La de José era, naturalmente, la más sólida y pesada. Después de haberse asegurado bien el fusil, el coloso dió el ejemplo del salto con pértiga. 

Se afirmó bien en la primera piedra y teniendo la garrocha con la mano derecha en la parte de arriba y la izquierda más abajo, apoyó la extremidad inferior en el pantano a la mitad de la distancia entre la primera piedra y la segunda, al tiempo que dió el salto; desviando algo la mano derecha y cargando el peso de su cuerpo sobre la pértiga, alcanzó a la otra piedra.

—¡Muy bien!—exclamó Fernández—. ¿Ahora me toca a mí! 

—Espera, primero te voy a dejar la piedra libre—gritó José. 

Y de otro salto se puso en la tercera piedra.

Fernández, ligero, consiguió saltar a pesar de la debilidad que sentía por la sangría sufrida a causa de la planta-vampiro. 

Continuaron de aquel modo su camino, durante unas tres horas, llegando al límite de un bosque de eucaliptos gigantes. Medían de ciento a ciento noventa metros de altura. 

José y Fernández recorrieron gran parte de aquella región, pero no pudieron descubrir traza alguna del dray.


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