Jose el peruano

Jose el peruano

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—¡He aquí una retirada que no había previsto—exclamó—. ¡Y he dejado, como un estúpido, mi fusil abajo! 

—Es necesario descender. 

—No tenemos tiempo... ¡Ya están aquí!... 

En efecto: las dos grandes aves se habían posado en una rama del árbol como para observar a los intrusos: después, dando un grito estridente, que quizás fuese un grito de guerra, volaron hacia ellos, agrediendo cada una a un enemigo. 

José sintió cómo se le clavaban en el pecho las uñas del águila, pero con rápido movimiento aferró el cuello del animal y lo apretó con todas sus fuerzas. 

El águila, debatiéndose y tratando de clavar sus garras en el rostro del coloso, se ahogaba. 

—¡Una!—dijo lanzando al vacío el cadáver del ave de rapiña y volviendo su atención a la lucha que su compañero había entablado con el segundo pajarraco. 

También Fernández había conseguido aferrar el águila del cuello y lo apretaba, pero con una sola mano, teniendo ocupada la otra en defenderse desesperadamente de las formidables garras. 

En la furiosa lucha, en el tronco del eucaliptos, el joven perdió de improviso el equilibrio precipitándose al suelo hombre y animal. 

José dió un grito de espanto: 


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