Jose el peruano
Jose el peruano El bosque se interrumpió, casi bruscamente; habÃa aparecido de improviso una cadena de colinas llenas de malezas y de zarzales.Â
El terreno se tornaba arenoso y lleno de piedras.Â
LoS tres se detuvieron.Â
—Las trazas prosiguen en el terreno arenoso—dijo José—, ¿debemos seguirlas ahora mismo o esperar a que el sol se esconda tras las colinas que forman semicÃrculo a occidente?Â
—Reposemos algunos momentos—sugirió Lindsay—, y como desde nuestra última comida han transcurrido cinco horas, no me seria desagradable una cena de kutbaroe.Â
—Nunca rehuso comer—dijo José.Â
Se tendieron a la sombra de los últimos eucaliptos y consumieron una buena cantidad del oso que habÃan ahumado en la etapa precedente. Guardando todavÃa algunas "manzanas de canguro" las devoraron, calmando algo la sed que les quemaba la garganta.Â
El aire habÃa oscurecido de pronto y los tres viajeros seguÃan con dificultad la pista del dray, especialmente cuando el terreno era pedregoso.Â
—Es mejor pasar aquà la noche cómo podamos y reemprender la marcha de dÃa—dijo José.Â
—Tienes razón—añadió Lindsay.Â
Fernández, que le precedia como a unos veinte pasos, les hizo señal de silencio y de que escucharan.Â