Jose el peruano

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 El rostro del coloso evidenciaba perplejidad. 

Entonces Lindsay, acercándose a él, le dijo por lo bajo: 

—No quiero que muera el australiano: quiero hacerlo cantar por mi cuenta. 

El cazador tenía razón. Sin embargo, José parecía renunciar de muy mala gana a su proposición, sabiendo la fuerza de que estaban dotados sus músculos. 

Lindsay, que, habiéndose apartado de la roca, podía ver el campamento de los bushrangers, agitó entonces las manos haciendo comprender al coloso su exploit de fuerza. 

En efecto, el cazador había visto alejarse al australiano de sus cómplices para ir al dray, sin duda con la intención de coger más botellas de brandy para continuar aquella juerga nocturna. 

José no se hizo repetir la aprobación de Lindsay.

Haciendo señas a los dos amigos de que se apartaran, volvió sus poderosas espaldas hacia la roca, reunió toda su fuerza, y con un golpe como de ariete se echó hacia atrás sobre la piedra; después se hizo de pronto hacia adelante, cogiéndose a unas raíces del terreno. No fué, esta precaución inútil. 

Al formidable empuje de las espaldas y del peso del coloso, el peñasco cedió, cayendo con estrépito; pero José lo habría seguido si no hubiese tenido la precaución de agarrarse a la raíz.


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