Jose el peruano

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Ayudado por Fernández y Lindsay, el coloso ató tuertamente al australiano a una rueda del dray 

—¡Veamos cuantas provisiones han comido, estos bandidos!—dijo José subiendo al carro con sus amigos. 

Fernández encendió la linterna que puso sobre las cajas en desorden. La mitad al menos de las provisiones habían sido consumidas; pero quedaban todavía algunas cajas de conservas de carne, de mermelada, de te y poca botellas de brandy.

Lindsay y Fernández se alegraron de haber encontrado todavía los dos fusiles de reserva y algunas municiones; evidentemente los bushrangers los conservaban con algún objeto. 

Los tres exploradores creyeron merecer el regalarse después de jornada tan laboriosa con una taza de brandy y algunas horas de sueño, alternativamente, quedando siempre dos de guardia.

Temían alguna sorpresa de los que se habían librado de ser aplastados por el peñasco. 

Cuando despuntó el día, José bajó a desligar al australiano, lo levantó como una pluma y lo puso sobre el carro. 

—Vuelve a tu puesto y conduce el dray hacia el norte—ordenó José—. A la primera señal de traición te mato. 


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