Jose el peruano
Jose el peruano Un vil indígena, un miserable australiano hambriento siempre, había conseguido engañarlos otra ¡Ellos que habían arrastrado tantos peligros, habían caído prisioneros de un inmundo salvaje! ¡Más que dolor, sentían vergüenza por haberse dejado engañar por un indígena! ¿De qué servia ahora la fuerza de José? ¿De qué la destreza de Fernández? ¿De qué la astucia de Lindsay?... ¿Dónde los llevaría el salvaje? ¡De seguro los vendería al jefe de la tribu y este benemérito devorador de carne humana se los comería!
El final de la expedición no podía ni ser más desagradable ni menos digno.
—¡En marcha!—ordenó Mulga golpeando con la culata del fusil la espalda del coloso—. ¡Ahora soy yo el que os mando y es una gran satisfacción!...
Los tres exploradores hubieron de obedecer. Empujados por el feroz australiano y por los otros indígenas recorrieron los cuatro kilómetros que tenía de largo la garganta, sin beber una gota de agua, con el alma indignada.
El coloso había intentado en vano romper las ligaduras que ataban sus manos: aunque su fuerza fuese en realidad muy grande, la resistencia de las fibras vegetales con las que se hacen hasta puentes colgantes era enorme y ni un gigante como José podía vencerla.
Viendo sus inútiles tentativas, Mulga reía estrepitosamente.