Jose el peruano
Jose el peruano —Cuando haya llevado vuestras cabezas a cierto sitio—respondió Mulga, dando otra carcajada—. Pero os equivocáis si creeis que el jefe de la tribu os comerá enseguida... no... no, os hará trabajar primero en sus minas de oro.Â
—¿Ese amigo tuyo, seguramente igual a ti, tiene minas de oro?—preguntó Lindsay.Â
—SÃ, ya veréis—dijo Mulga.Â
—Entretanto habÃan atravesado la cadena de las montañas Daniell. Los tres prisioneros estaban horriblemente sedientos; a las penurias morales, se unÃan las fÃsicas.
Pero el australiano no tenÃa piedad alguna. Con la culata del fusil los hacia proseguir el camino por el desfiladero maldito.Â
Otro bosque de inmensos eucaliptos se perfilaba al final del camino.