Jose el peruano
Jose el peruano KULUGUL, EL GENIO DEL MAL
Los prisioneros, destrozados, escarnecidos y obligados a andar hacia adelante por Mulga, se miraban a menudo para leer en su rostro una decisión que les pudiese evitar aquél humillante y terrible estado: pero ninguno de los tres parecía poder encontrar un medio de salvación.
Atados fuertemente, unidos por la férea cadena, se encontraban en la imposibilidad de encontrar la fuga. Caminaron así casi hasta la caída de la tarde y llegaron a orillas de un río: a lo lejos se dibujaba un monte en forma de cono.
Mulga dió la orden de detenerse.
A los prisioneros les llamó la atención una agitación súbita que se produjo en la pequeña horda de salvajes. Mulga mismo demostraba en su rostro una inquietud extraña.
¿ Qué habla sucedido?
Ni José, ni Fernández hubieran podido adivinarlo, tan poco versados estaban en las costumbres australianas: pero Lindsay que tenía cierta idea de las malditas supersticiones de aquellas tribus, no tardó en comprender la causa del ansioso terror que aumentaba rápidamente en los salvajes cómplices de Mulga.