Jose el peruano

Jose el peruano

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Tú, José, eres fuerte como Kurborok y me servirás en las minas; tú. Lindsay tombién eras fuerte; ¡serás tú, Fernández, el que aplacarás las iras del genio del mal antes de que silbe! 

Y Mulga hizo una seña. Cinco indígenas rugiendo de modo espantoso se echaron sobre el joven peruano, le quitaron la cadena, y lo arrastraron con ellos hacia el monte. 

José tembló horrorizado. ¿Debía terminar entonces de aquel modo terrible para satisfacer las extrañas y monstruosas supersticiones australianas, el hermano de su prometida? ¿Debía ser lanzado al cráter del volcán el pobre joven, para que el vapor lo sofocase, rompiéndose la cabeza en las asperezas de la horrible sima? 

Fernández se debatía en vano entre los cinco salvajes que lo empujaban hacia el río para obligarle a atravesarlo, mientras Mulga gritaba: 

—¡Pronto!... ¡Pronto!... ¡antes que Kulugul silbe!

 La noche se venía encima con la rapidez con que en aquellas regiones suele oscurecer. Los salvajes se ágitaban ansiosos por el temor de que Kulugul perdiese la paciencia. 

En la semi-oscuridad las densas nubes de vapor que salían impetuosamente del cráter tomaban, a los ojos de los indígenas, espantosas formas de monstruos infernales. 


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