Jose el peruano
Jose el peruano Lindsay dijo por lo bajo a José:Â
—¡Silbemos!Â
Los dos exploradores que se encontraban como a diez pasos de la horda salvaje empezaron a silbar. Un rugido de horror salió de aquellos pechos salvajes: como si aquellos silbidos hubiesen sido la señal de una repentina locura, todos, incluso Mulga, se precipitaron en desordenada fuga.
¡Los cinco indÃgenas que llevaban a Fernández al sacrificio hicieron otro tanto! ¡Kulugul habÃa perdido la paciencia! ¡Se avecinaba demasiado lentamente la vÃctima humana!Â
CarestÃa, mal año y maldiciones caerÃan sobre la tribu... ¡La tierra se abrirÃa de pronto bajo los pies de los salvajes si no huÃan! iKulugul no perdona!Â
Los tres prisioneros que, hacia un instante, guardaban un centenar de canÃbales, no habÃan encontrado ningún medio que les prestase alguna esperanza de salvación, ahora en cambio se encontraban de improviso abandonados por los furiosos indÃgenas.Â
—¡ Qué estúpidos animales! exclamó José.Â
—Kulugul...no es para nosotros el genio del mal, —dijo Lindsay—. Kulugul nos ha salvado.Â
—No es difÃcil vencer a estas hordas salvajes—dijo Fernández, que se habÃa reunido con ellas—. ¡Basta silbar!