Jose el peruano
Jose el peruano —Verdaderamente, serÃa necesario buscar también algo que comer—observó Lindsay.Â
—En esta obscuridad no es tan fácil resolver el problema—dijo José bostezando. No niego que tengo un hambre canina.Â
—También yo.Â
—Un proverbio dice: el que duerme come—exclamó Lindsay, contento por haber recuperado tan impensadamente la libertad.Â
—Entonces no falta más que comer... el proverbio—añadió riendo el coloso.Â
—No tendremos indigestión—observó el joven peruano.
Charlando de este modo habÃan llegado a un pequeño bosque de xantorree y de eucaliptos jóvenes. Se tendieron sobre la espesa hierba y seguros de no ser sorprendidos por ningún indÃgena, a causa del terror a Kulugul que los tenÃa alejados de aquella región, no establecieron turnos de guardia, durmiéndose de buena gana, no obstante el calor que les sofocaba.Â
Lindsay fué el primero en despertar: con sorpresa se vió cubierto literalmente por una innumerable cantidad de flores: parecÃan pequeños bastoncillos blanquecinos, suaves al tacto.Â
—¿Será el lerp?—se preguntó a sà mismo.Â
Se echó uno a la boca y lo encontró de sabor muy agradable. .Â