Jose el peruano
Jose el peruano —Es otra fortuna que nos ha dado Kulugul—dijo el gigante.Â
—Se ve que este genio australiano es malo para sus compatriotas, pero favorece a los blancos—observó Fernández.Â
—Todo eso está bien, queridos amigos,—observó el cazador— ¿Pero cual es nuestro programa?
—Continuar hacia el norte,—dijo José—haciendo lo posible por ganar la apuesta.Â
Lindsay se rascó la cabeza.
—¿Estás desmoralizado? ¿No crees que sea posible?—preguntó José.Â
—Estamos sin dray, sin armas, sin provisiones —observó Lindsay.Â
—Ese bribón ha hecho saltar el dray—exclamó José agitando amenazador el puño en el aire.Â
—¡Estamos desarmados!—añadió Fernández. —¡ No tenemos más que un cuchillo! —¡ Me parece bien poco para atravesar Australia!Â
—Demasiado pronto entraremos en el gran desierto central—dijo Lindsay.—Entonces no tendremos ni plantas, ni agua, ni caza.Â
Mientras discutÃan sobre su situación, los exploradores oyeron a su derecha algunos mugidos. Se pusieron en pié. Como diez bueyes venÃan buscando hierba; pero apenas se dieron cuenta de la presencia de los hombres, se volvieron dándose a la fuga.Â