Jose el peruano
Jose el peruano De pronto dió un grito y cayó de bruces a tierra. José, aguzado por la curiosidad y apiadado, intentando socorrer al desgraciado, fué hacia donde estaba el negro caído; pero no bien había dado cuatro pasos sobre un montón de hojas secas de eucaliptos, sintió abrirse la tierra bajo sus pies.
José cayó en un agujero: el negro, que evidentemente lo había traído hasta allí con su astuta huida, volvió a ponerse de pie dando un grito.
—iCooo... mooo... heee!
Apenas había tenido tiempo el coloso de darse cuenta de su improvisada caída, cuando ya algunos australianos desnudos y tatuados horriblemente, se echaron dentro del pozo golpeando a José con el tomawack y atándolo otra vez fuertemente.
—Bienvenido, sir...—exclamó una voz burlona.
Mulga, recto a la orilla de la fosa, con las manos sobre el vientre protuberante, reía con sarcasmo.
—Tarde o temprano Kulugul debía de abrir bajo, tus pies la tierra—dijo Mulga—. Has hecho muchas millas en el bosque mientras que yo he caminado mucho menos para llegar al mismo punto. Hacedlo salir de aquí.
Una cuerda de bejuco fué atada al cuerpo del gigante y después, los diez indígenas salieron nuevamente de la fosa y levantaron a duras penas al coloso.
—José se puso a gritar: —¡Lindsay...Fernández!