Jose el peruano
Jose el peruano —¡Estoy aquÃ, amigos!—respondió José corriendo hacia sus salvadores.
 —¡Que el cielo sea loado! — exclamó Fernández—. ¡CreÃamos no poder encontrarte ya!Â
—Y vuestro temor era bien fundado—dijo José subiendo al vehÃculo—. Si tardáis unos pocos minutos más, en lugar de encontrar a José vivo lo habriais encontrado convertido en un guiso australiano... Aquà tenéis la cacerola que debÃa cocerme—añadió el coloso señalando la fosa...—. Pero vosotros ¿cómo lo habéis hecho?Â
—Te lo explicaremos después—dijo Lindsay—. Ahora corramos tras de los bueyes. Las pobres bestias deben de sufrir horriblemente...Â
—Habrán enloquecido... quién sabe dónde habrán ido galopando....Â
El vehÃculo, arrastrado por los dos bueyes, salió del pueblo encontrándose en una llanura llena de malezas. Se oÃa a lo lejos el ruido de la fuga de los bueyes y se alcanzaban a ver el claror de las llamas que aparecÃan y desaparecÃan.Â
De pronto el rumor del galope cesó: las llamas se apagaron.Â
—¿Qué ha sucedido?—preguntó Fernández fustigando a los bueyes para que apresuraran el paso.
—Creo no equivocarme—respondió Lindsay— Las pobres bestias se han tirado al lago...Â