Jose el peruano

Jose el peruano

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—Tu suposición debe ser cierta—observó José—.El lago se prolonga por aquel lado pero está casi seco. 

Una semana de sequía había sido suficiente. En una hora llegaron al lago. El cazador no se había equivocado. Los pobres bueyes se habían ido instintivamente hacia aquel sitio y la poca agua que éste contenía bastó para apagar los trofeos encendidos que llevaban sobre el testuz: se revolcaban en el cieno, dando mugidos, librándose de aquella manera de los mudos caballeros que llevaban sobre las espaldas. 

Los viajeros, llamando por sus nombres a sus bueyes, los hicieron volver a la orilla. 

Las pobres bestias tenían la piel quemada por algunos sitios y estaban cubiertas de barro y de arena.

Mientras los exploradores las limpiaban de la mejor forma posible, librándolas de los apéndices que algunas conservaban aún, atado a los cuernos y al lomo, Lindsay explicaba a José de qué manera habían conseguido salvarlo.

—Te habías alejado de nosotros para coger frutas salvajes y no volviste. 

—Había perseguido estúpidamente a un indígena que huía entre la maleza... Comprendí demasiado tarde que ésta había sido una astucia del malvado Mulga para hacerme caer en la trampa... Pero ¿no oisteis poco después de mi ausencia un grito? 


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