Jose el peruano
Jose el peruano —Si—continuó Lindsay—. Y aquel grito nos hizo comprender que corrÃas un grave riesgo... Fernández recorrió el bosque en la dirección que lo habÃamos sentido. Yo me quedé de guardia en el carro... Después de una media hora, Fernández volvió asustado...Â
—HabÃa visto la fosa y comprendà que habÃas caÃdo en aquella trampa—dijo Fernández.Â
—Decidimos entonces partir con el vehÃculo y las bestias, siguiendo las huellas tuyas y de los enemigos—continuó Lindsay—. Pero estas trazas bien visibles por algún tiempo, después de la fosa no nos fué posible reconocerlas; peor aún. Dimos en cierto momento con un camino que nos condujo fuera del bosque, en una llanura árida y pedregosa... La recorrimos inútilmente por algunos dÃas, hasta que al fin nos convencimos de que el pueblo adonde te habÃan conducido no podÃa encontrarse en aquella región... Volvimos sobre nuestros pasos... La desesperación empezaba a apoderarse de nosotros: entonces fué cuando encontramos a cuatro australianos vagabundos... Comprendimos en seguida que no llevaban ninguna intención hostil; apenas se podÃan tener en pie, estaban hambrientos... les dimos un poco de carne ahumada que devoraron ávidamente.Â