Jose el peruano
Jose el peruano A TRAVES DEL DESIERTO DE LA DESOLACION
Los tres exploradores no habían errado en sus suposiciones: ya iban a reanudar la marcha interrumpida por la captura de José.
Los bueyes se habían hartado de hierba y los hombres de carne ahumada.
El vehículo se había movido rechinando las ruedas y alejándose de la colina, continuando su camino hacia el norte.
Lindsay iba diciendo a sus amigos que el gran desierto no podía estar más que a tres o cuatro jornadas. En efecto: la vegetación iba secándose rápidamente, y el camino se hacía cada vez más pedregoso y desolado.
Lindsay esperaba encontrar aún alguna zona fértil para aprovisionarse de heno y algún torrente para recoger agua. Para ello conservaba Lindsay una especie de odre de piel de canguro que había fabricado la semana anterior, y que lo había destinado a la conservación de agua.
Una bala silbó cerca de la oreja del cazador, seguida del choque en una roca.
—¡Disparan! —gritó Lindsay.
Oyeron otro disparo.